Lee el texto y responde de la pregunta 81 a
la 83.
Las cuatro edades
La primera de todas fue la Edad de Oro, la
cual, sin coacción, sin ley, practicaba por sí
misma la fe y la justicia. Se ignoraba el castigo
y el miedo, y no se veían grabadas en público,
en bronce, para ser leídas, palabras
amenazadoras y la multitud suplicante no
temblaba ante la presencia de su juez, sino
que estaba segura sin defensor. Todavía no
había sido cortado el pino en sus montañas y
no había descendido a la líquida llanura para
visitar un mundo extranjero y los mortales no
habían conocido otros litorales que los de su
país. Todavía no circundaban las ciudades los
profundos fosos; no había largas trompetas; ni
cuernos de bronce curvado, ni cascos, ni
espadas; sin necesidad de soldados, las
naciones pasaban seguras sus ocios
agradables. La misma tierra, libre de toda
carga, no hendida por el azadón ni herida por
el arado, daba por sí misma de todo; y
contentos de los alimentos que producía sin
que nada la obligara, los hombres recogían los
madroños, fresas silvestres, frutos del cornejo,
moras que se adherían a las zarzas espinosas
y bellotas que habían caído del copudo árbol
de Júpiter. La primavera era eterna y los
apacibles Céfiros acariciaban con sus tibios
soplos a las flores nacidas sin semilla.
También la tierra, que no había sido labrada,
producía mieses y el campo sin ser cultivado
se cubría de grávidas espigas; manaban ya
ríos de leche, ya ríos de néctar y de la verde
encina iba destilándose la dorada miel.
Después de que el mundo estuvo bajo el
gobierno de Júpiter una vez que Saturno fue
enviado al tenebroso Tártaro, llegó la Edad de
Plata, inferior a la de Oro, pero mejor que la
del amarillento bronce. Júpiter acortó el tiempo
de la antigua primavera y, por medio del invierno, el verano, el inconstante otoño y la
acortada primavera, dividió el año en cuatro
estaciones. Entonces, por vez primera, abrasó
el aire impregnado de fuego y el hielo,
endurecido por los vientos, quedó en
suspenso. Entonces, por primera vez, los
hombres entraron en sus casas; esas casas
fueron unas grutas de espeso follaje y ramas
entrelazadas con cortezas. Fue también
entonces cuando las semillas de Ceres se
introdujeron en los largos surcos y los bueyes
gimieron bajo el peso del yugo. Después de
ésta, llegó la tercera, la Edad de Bronce, más
feroz en sus condiciones naturales y más
pronta a los terribles combates, no siendo, sin
embargo, perversa.
La última fue la que tuvo la dureza del hierro;
en esta era de un metal tan vil apareció toda
clase de crímenes; huyeron el pudor, la verdad
y la buena fe y ocuparon su lugar el fraude, la
perfidia, la traición, la violencia y la pasión
desenfrenada de las riquezas. El marino
entregaba las velas a los vientos que aún no
conocía suficientemente y las maderas de los
navíos, que durante tiempo habían estado en
las alturas de los montes, se lanzaron a las
aguas desconocidas y el canto agrimensor
señaló límites largos a la tierra, antes común,
como la luz del sol y los aires. Y no sólo se
exigía a la fecunda tierra las cosechas y
alimentos debidos, sino que se penetró en sus
entrañas y se arrancaron los tesoros que
excitaban a todos los males, que ella había
sepultado y había ocultado en las sombras de
la Estigia. Y ya había aparecido el dañino
hierro y el oro, mucho más dañino que el
hierro; aparece la guerra, que lucha con cada
uno de los dos, y con su mano ensangrentada
agita las resonantes armas. Se vive de la
rapiña; el anfitrión no está seguro del huésped,
ni el suegro de su yerno; también es rara la
concordia entre los hermanos. El esposo trama
la perdición de la esposa y ésta la de su
marido; las terribles madrastras mezclan los
envidiosos venenos; el hijo, antes de tiempo,
se informa sobre la edad del padre. Yace por
el suelo la piedad vencida y la doncella Astrea,
la última de las inmortales, abandona la tierra empapada en sangre.
El enunciado
La tierra que no había sido labrada,
producía mieses y el campo sin ser
cultivado se cubría de grávidas
espigas...
Se refiere a que la tierra